EL PASO DEL SANTÍSIMO CRISTO DE GRACIA:

PROGRAMA ICONOGRÁFICO

En la secular historia de la hermandad del Cristo de Gracia, singularmente fecunda fue la década de los ochenta del pasado siglo. En mayo de 1981 era trasladado el excepcional Crucificado al taller de Miguel Arjona para ser objeto de la magistral restauración culminada en vísperas de la Semana Santa del siguiente año. Incontables los frutos de fraternidad cosechados durante aquellos meses inolvidables, y espléndidos los frutos humanos y materiales posteriores, como el hermanamiento de la cofradía con la comunidad cisterciense de la Encarnación, anfitriona de la sagrada imagen durante las horas previas al regreso a su casa trinitaria, la creación de la cuadrilla de hermanos costaleros o la magna obra del nuevo paso, ideado por el artista entre las incertidumbres y los gozos de la restauración del Cristo, y cuyas labores de carpintería, talla, modelado, dorado y policromado fueron íntegramente realizadas en su taller, y concluidas en 1989.

La ornamentación neogótica de las viejas andas ochavadas, conocidas por antiguas fotografías, fue determinante en la elección del estilo gótico flamígero para el proyecto del paso, inspirado en una original predela de propiedad particular, en cuyo diseño fueron sustituidas las pinturas de las cajas o huecos arquitectónicos por delicadas celosías que funcionalmente serían los respiraderos de la obra, y estéticamente los fondos de los registros que, a modo de capillas, cobijarían las imágenes del complejo programa iconográfico. En las esquinas, achaflanadas y apeadas en potentes ménsulas, la intencionada sencillez de los fondos era dinamizada con sutil elegancia por las alas de los ángeles que venera la liturgia de la Iglesia: Rafael, en sus manos el pez y el bordón característicos, colocado en la privilegiada diestra del frontal por su condición de custodio de la ciudad, y emparejado delante con el príncipe de la milicia celestial, el arcángel san Miguel.

En la esquina trasera del costero derecho, el ángel Gabriel en renovado gesto de anunciación a la Madre de los Dolores y Misericordia, y al otro lado el santo Ángel de la Guarda, en brazos el niño que simboliza el alma que le fue encomendada. Los ángeles, mensajeros de Dios y protectores de los hombres, figuran como baluartes celestiales del paso que, a manera de gran banco o predela a cuatro caras, sustenta el cuerpo único del magno retablo itinerante en que, acompañado por el dolor de los suyos, entre las doradas cardinas de los candelabros es protagonista incuestionable el Santo Cristo de Gracia.

Airosos doseletes se alzan sobre las capillas centrales del frente y la trasera, las más anchas del paso, y sobre las tres grandes capillas de cada uno de los costeros. Los extremos del eje antero-posterior de la obra dan protagonismo plástico al carisma trinitario de la cofradía: al frente, la Santísima Trinidad coronando a la Virgen de Gracia, copia de la titular del templo venerada en el ático de su retablo mayor, y detrás el ángel con el hábito de la orden intercambiando los cautivos, cristiano y no cristiano. Bajo él, la blanca filacteria ondeante en la que con rojos caracteres tuve el honor de rotular el inicio del lema de la orden: Gloria a ti, Trinidad. A ambos lados, las capillas pequeñas con los patriarcas trinitarios, san Juan de Mata y san Félix de Valois.

El eje central de los costeros aclama a María y, con ella, a la historia de nuestro Crucificado. La capilla central del derecho se dedica a la Virgen mexicana por excelencia, Santa María de Guadalupe, en recuerdo al origen del Santísimo Cristo, y la del izquierdo es ocupada por la imagen cordobesísima de la Fuensanta. A los lados de ambas, las pequeñas capillas con jarras florales, alusivas a las virtudes de Nuestra Señora, y bajo ellas las filacterias en compendio mariológico: Asunta e Inmaculada rezan junto a la Guadalupana; Madre y Virgen junto a la Patrona cordobesa. En capillas de igual formato a las de María Santísima, escoltan a la Virgen de Guadalupe los dos santos de la descalcez trinitaria, el reformador san Juan Bautista de la Concepción, cuyas reliquias se veneran permanentemente a los pies del Cristo, y el primer santo de la reforma, san Miguel de los Santos. La Fuensanta aparece escoltada por san Benito de Nursia, fundador de la orden cuya regla profesan en Córdoba nuestras hermanas las madres de la Encarnación, y el entrañable dominico san Álvaro de Córdoba, patrón de nuestras cofradías por su magisterio ejemplar en el amor a la pasión de Cristo.

Y a los pies del Mártir por antonomasia, las otras catorce capillas pequeñas aparecen dedicadas a los que con su sangre dieron testimonio supremo de su fe, casi todos en Córdoba. En el frontal, los que figuran en el retablo mayor de nuestra Catedral: los patronos Acisclo y Victoria, y los santos Flora y Pelagio, víctimas los primeros de la persecución romana, los segundos de la musulmana. A ellos quiso añadir Miguel, ante todo, a los mártires patronos de las localidades diocesanas: los presbíteros Rodrigo y Abundio, patronos respectivos de Cabra y Hornachuelos, que ocupan las capillas extremas del costero derecho, y el único ejecutado lejos de Córdoba, aunque con devoción cordobesa documentada ya en el siglo XV, el militar Acacio, patrón de Montemayor, mártir de época romana como el cordobés Marcial, uno de los tres santos titulares del templo venerable sobre cuyo solar se alza la actual basílica de San Pedro; ambos, Marcial y Acacio, figuran en la trasera junto a los fundadores trinitarios.

Completan el costero derecho la anciana Benilde y la religiosa María, compañera de Flora en el martirio que tanto alentó el entusiasta san Eulogio, abanderado de los mártires en los aciagos años cincuenta del siglo IX, cuando recibieron la palma, además de Flora, los cuatro mártires efigiados en el costero derecho del paso y los dos primeros del izquierdo: el mismo san Eulogio, revestido con los ornamentos episcopales que le corresponden como arzobispo electo de Toledo, y su protegida, la joven Leocricia. En las últimas capillas del costero izquierdo, como en síntesis cronológica, san Zoilo en el extremo, semidesnudo y abrazado al tronco en el momento de su martirio en época romana, y junto a él la virgen Argéntea, como Pelagio, mártir mozárabe del siglo X, completando el espléndido programa iconográfico y simbólico que integra uno de los conjuntos procesionales que hacen única e inconfundible la Semana Santa de Córdoba.