Titulares

Santísimo Cristo de Gracia

Una de las muestras más notables que tienen los cordobeses de sus antepasados indianos es el Cristo de Gracia, conocido popularmente como El Esparraguero, y que desde su llegada a Córdoba y posterior entrega a los padres trinitarios, comenzó a ser objeto de un intenso culto por los vecinos del barrio, hasta que llegó a ser titular de nuestra Hermandad a la que da nombre. Manuscritos que la cofradía conserva dan prueba de cómo esta devoción comienza a poco del establecimiento de la imagen en el Convento de Trinitarios descalzos.

La imagen del Cristo de Gracia fue realizada por indígenas, que permanecen en el anonimato, de la ciudad mexicana de Puebla de los Ángeles, y el material empleado fue la médula de caña de maíz. Muchos crucificados coloniales de tradición popular están realizados a partir de esta materia, muy poco pesada y transportable sin complicaciones excesivas, aunque los traslados desde América debieron plantear los problemas derivados de su gran tamaño y fragilidad. La imagen fue realizada antes de 1618, fecha en la que fue donada al convento de Nuestra Señora de Gracia de Córdoba. El Cristo fue realizado por encargo de un cordobés llamado Andrés Lindo, que lo envío a España, donde su hermana Francisca de la Cruz lo donaría a los Padres de Gracia. Fue precisamente el día 4 de febrero de 1618, cuando se prepara una procesión para llevar la imagen hasta su destino. Una vez allí en el convento que los trinitarios descalzos habían ocupado años antes, y quizás influenciados de su gran devoción por la Virgen de Gracia, recibiera el nombre de tal advocación.

En Córdoba, el Cristo fue fijado a una cruz de cedro con clavos de plata y cuando la imagen realizaba su itinerario procesional en la madrugada del Viernes Santo, era acompañado tradicionalmente con espárragos, de ahí la advocación popular de El Esparraguero. Existe información en los manuscritos conservados por la cofradía sobre la rápida inserción del Cristo de Gracia en su barrio. También se deja ver cómo la devoción traspasó los límites del barrio de la Puerta de Plasencia, especialmente cuando los cordobeses confiaron en su intercesión para conseguir las aguas que necesitaban para salvar sus cosechas y sobrevivir. Así sucedió en 1635, año en el que la imagen fue sacada en procesión por primera vez, junto con otras imágenes de Córdoba, para rogar que llegaran aguas abundantes. De nuevo, en 1732 fue sacado en procesión extraordinariamente por los mismos motivos. Estas procesiones marcan el itinerario que ha acabado convirtiendo a esta imagen en una de las más conocidas y queridas por los cordobeses de toda la ciudad.

Ya en el siglo XX, la laboriosa restauración que practicara en la imagen del Crucificado Miguel Arjona en 1982, permitió ampliar lo que ya se sabía sobre la talla del Cristo de Gracia, que era mejicana y que estaba realizada en cañaheja. El trabajo de Arjona reveló que era una pieza hueca, hecha con la mezcla de médula de caña de maíz, varias fibras vegetales y telas encoladas.

El Santísimo Cristo de Gracia llama enseguida la atención de quien lo contempla por varios aspectos; En primer lugar por lo alargado de su canon, patente sobre todo en la longitud de los brazos; también despiertan interés las numerosas tumefacciones y los acusados pómulos, recursos todos de fuerte sentido expresionista, que mostraban a los habitantes del viejo continente cómo la sensibilidad de los indígenas americanos captó la idea de la muerte de Cristo y el significado de la Redención.

La sagrada imagen se halla sujeta a la cruz por tres clavos, y tiene la cabeza cubierta por una larga cabellera postiza. EL rostro es de facciones alargadas, con nariz afilada y recta, ojos semicerrados, con cejas poco marcadas y boca entreabierta.

El crucificado se cubría con un escueto sudario de tela encolada que fue sustituido en fecha no bien precisada por otro de madera, que así mismo fue suprimido en la restauración de 1982, donde se le volvió a colocar uno semejante al original, y que generalmente se encuentra cubierto por el sudario de tela que lleva la imagen tanto en el camarín como durante su salida procesional.

María Santísima de los Dolores y Misericordia

Según recientes investigaciones, a finales del siglo XVIII, el Cristo de Gracia estaba acompañado por una dolorosa que ocupaba un retablo lateral de la capilla. Era una imagen para vestir donada por doña Beatriz Cisterna entre 1978 y 1801. Nada se sabe sin embargo sobre si hacía o no estación penitencial, ni tampoco se conocen detalles de su desaparición, que se supone pudo acontecer en el siglo XIX.

Parece que la actual imagen de Nuestra Señora de los Dolores y Misericordia llega al convento en el tercio final del siglo XIX, y especialmente se la relaciona con el padre Pueyo, lo que ha hecho pensar que tanto la Virgen como San Juan y la Magdalena, debieron salir de un taller de Valencia, localidad natal del religioso, aunque no hay documentación al respecto. La imagen de María es de talla completa para vestir. Tiene facciones anchas, con pómulos redondeados por los que se deslizan dos pares de lágrimas; la nariz es recta, de porte clásico, y la boca, entreabierta, tiene labios carnosos que dejan ver los dientes; la barbilla es también redondeada con marcado hoyuelo. Las cejas son rectas y los ojos dirigen la triste mirada hacia arriba, enlazando así con la figura de Cristo. Tanto la Virgen como San Juan y la Magdalena van colocados en el mismo paso a los pies de Cristo.

Para la estación de penitencia la Virgen luce una hermosa saya de seda salvaje roja bordada en oro, obra del bordador Antonio Muñoz, siguiendo diseños de Miguel Arjona. Se acompañaba de un manto azul tachonado de estrellas de oro de diferentes formas y tamaños, donadas por los devotos a lo largo de los años. En 1993 la hermandad acordó la realización de un nuevo manto y fundir todas las estrellas en un solo modelo para dar uniformidad al conjunto. EL prototipo de estrella se encargó al platero José Molina, ocupándose de la confección Antonio Muñoz. Fue estrenado en la Semana Santa de 1994.

San Juan y la Magdalena

Las imágenes de San Juan y la Magdalena responden a modelos decimonónicos, sin rasgos peculiares que los distingan. Al igual que la Virgen, también son de talla completa para ser vestidos, llevando atuendos realizados en terciopelo liso. San Juan tiene además un manto bordado por las monjas de la Milagrosa. Ambos llevan nimbos de plata de autoría anónima.